Entonces es momento de echarse a un lado y ver cómo pasa el tren. Cómo marchan los vagones cargados y los compartimentos de primera, segunda y tercera clase repletos de sombreros, maletines y camisas arremangadas. Ver pasar el tren de largo y silbar en la estación a las cosas que se están yendo, silbar a modo de despedida y no de STOP, despreciar el último aviso y el penúltimo, quedar como un fósil o una prehistoria, quedar como un Induráin del museo de cera que ve pasar a los ciclistas, que no pedalea, que ha sido creado para perder.

En sexto de primaria nos llevaron a Madrid, éramos niños ruidosos que venían a la capital desde Murcia y nos sentíamos tan provincianos como los habitantes del último planeta del sistema España, y habíamos oído que los grandes hombres se forjaban en Madrid y teníamos idea de los grandes hombres o de los leones hechos con armas de la guerra de Cuba que vigilan el congreso de los diputados.

No teníamos ni idea. Ejercíamos nada más que de niños de la provincia lejana, de lanzadores de petardos, no había figura de cera que nos paralizase en su eternidad salvo el Alien o el Depredador, salvo Batman, y nos hacíamos fotos con la figura de Franco sin saber quién era, y nos hacíamos fotos con el Rey porque todavía salía en las monedas de cien pesetas y eso significaba que podíamos comprar más petardos, más cromos de la liga, más bollycaos.

Entonces como ahora uno evadía las señales y se hacía a un lado, dejaba pasar la Historia de las figuras de cera, perseguía el primer beso como si fuera el último y agarraba la primera borrachera (Malibú con Piña) como si fuera la primera.

Hace días que vengo pensando en lo bonito que era estar aparte.

Y veo las mismas fachadas sin futuro de mi barrio y las calles muertas que van a dar a la rambla y me digo: quizás era eso la plenitud, la empecinada pertenencia a la nada, la motivación infantil del todavía.

Se ha hecho muy tarde.

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