Hoy, extractos de un email a una mujer.

…Hoy me estaba riendo mucho con The Office y he disfrutado con mi madre del capítulo de Walking Dead que hemos visto juntos.

Son pequeñas anotaciones de la forma en la que me funciona la cabeza que de pronto me apetece compartir contigo. Supongo que estarás dormida y a punto de irte a trabajar.

Estoy pensando ahora sobre mi tiempo libre. Sobre la cantidad de tiempo libre que tiro por el retrete gracias a estos movimientos moribundos del ocio, esclavista disfrazado de feriante como el malo de Pinocho. Me ha parecido feo perder tanto tiempo durante estos días.

La consecuencia más nefasta de haber acabado la novela y estar esperando a que se publique es que he cerrado los ojos. Creo que a partir de aquí o un poco antes podría dar comienzo el post de hoy en el blog. No me lo tengas muy en cuenta, así te ahorras leerlo allí.

Cerrar los ojos.

Cuando estaba encerrado en Águilas con la novela tenía los ojos muy abiertos. No, no sólo los ojos: los oídos, la conciencia, era como si los sentidos se multiplicasen y se volvieran mucho más potentes. Hasta los movimientos de las moscas repercutían como un gong. Cualquier mirada de cualquiera en la Glorieta del pueblo era rápidamente archivada y clasificada en los anales de la paranoia y la exageración. Bastaba que un día nadie me riera las gracias en Facebook para que sentirme un fracasado absoluto, pero abrir un paquete nuevo de tabaco me llenaba de plenitud y me provocaba hurras y carcajadas.

El combustible de la literatura es ese estado de permanente excitación. Quien escriba sin convertirse en una sucursal de las calderas del infierno y de las trompetas celestiales está contando historias. Quizás estoy exagerando. Pero si me doy cuenta de mi exageración es porque atravieso el barbecho como un soplo de aire jubilado.

Barbecho.

¿Quién iba a decirme que esperar a que el puto libro salga a la venta iba a ser tan aburrido? Hoy he sentido ese aburrimiento de los niños, el aburrimiento mortal de los domingos de verano de la infancia que es lo que siente el condenado a muerte la semana antes de la ejecución, la semana antes de convertirse en carne de tumba.

Sólo te digo que mañana voy a irme a Águilas y que me doy de plazo una semana para empezar otra vez a funcionar.

Que protesto categóricamente contra esta mediocridad de tiempo intermedio donde los relojes son anodinos como los de una estación de autobús. La estación de autobús de Méndez Álvaro, donde empieza la novela que eché a escribir en la biblioteca del Gótico y que hoy he releído y destruido por ser plana, inerte y plástica como una tableta de Apple.

Es lo que me he propuesto.

Las sensaciones con The Walking Dead y The Office y con todo este tiempo asesinado, las sensaciones que me han llevado a pensar en ti y luego en tu tiempo esclavo, la desoladora sensación de amor que me ha golpeado justo después pensando que hoy estás durmiendo tan lejos de mí ha sido el combustible.

Mañana acercaré la cerilla al combustible.

Ahora cruza los dedos para mí.

The Office USA

Michael Scott buscando excusas

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