Pienso en los hombres de las cavernas que vivieron hace cientos de miles de años, en los primeros pobladores de las riberas que levantaban efímeras cabañas con palos y pieles de buey, pienso en los fenicios naciendo y muriendo a toda velocidad, en los egipcios, los griegos, los romanos, en los pobladores de la América que no conocía los caballos, caballos que llegaron para correr, para matar, para criar, alimentarse y morir, y pienso en la velocidad de la vida y la muerte bailando entre los habitantes de los pueblos medievales, en las vacaciones por Europa de la peste bubónica, en las guerras de religión donde los valientes daban la vida por un Dios cobarde que no defendía a sus defensores, en las revoluciones, en los hombres que levantaban la voz, el puño, que lanzaban la mano recta al cielo azul metálico y gritaron: ¡Heil!

Pienso en lo rápido que pasa el impulso de una vida por los buenos y los malos, por los estúpidos y los genios, por cien mil trillones de vidas en la espina dorsal del tiempo. En las células llamadas personas que nacen y mueren para formar parte del cuerpo de la humanidad, desde siempre, hasta el final. Parece poca cosa entonces…

Pienso en los siete mil millones de humanos que van a morir. En los catorce mil millones que van a nacer.

La televisión está encendida para que sepa que Vicente Romero se ha ido a Somalia a tomar imágenes y decirnos que ha estado en el infierno. Todo está encendido. La radio, los libros, las luces. Internet.

Goya murió. Dalí murió. Picasso murió. Rubens, Catalina Segunda. Bill Clinton va a morir.

Trato de mirar de frente el paso del tiempo con su apoteósico concierto de vida y de muerte y así la lucha cercana, la amenaza llamando al timbre de la casa familiar, el combate de la vida y la muerte instalando su ring en el apacible salón parece algo menos dramático. Y así huye el drama uno de los impulsores del Nuevo Drama, esta semana. Tres días sin actualizar el blog porque la lucha más elemental estaba actualizándose a toda velocidad. A la velocidad de las células. Cerca.

Pero tengo sobre las piernas un libro de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino. Me pide el cuerpo leer textos que alejen de la realidad. Bajar a las profundidades una vez más con el capitán Nemo y que la ropa, en mitad de la llanura, huela a salitre. Porque si ahora pienso en libros que amo, si pienso en autores como Benhard o en Hamsun, si pienso en Félix Romeo y todos los que dan a la verdad una verdad de letras, a la sangre una herida de letras, al vicio de la lectura nuevos y viejos dramas, si pienso en todo esto el cuerpo me dice: descansa.

Así que mientras la vida me pone entre las manos una nueva ración de drama para escribir nuevos dramas del futuro, nuevas traducciones del latido intermitente que mueve e irriga a la humanidad, mientras las agujas de la inspiración atraviesan la modestia que es no escribir hacia la presunción de transformar el silencio en sonido, descanso.

Y descanso leyendo a Julio Verne. A bordo del Nautilus os digo hasta mañana, queridos.

Y ánimo a quien lo necesita.

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