Durante diez años viví en Alcantarilla, Murcia. Si el infierno fuera un lugar personalizado para cada uno, Alcantarilla serviría de base sobre la que poner el resto de objetos y torturas. Alcantarilla es un pueblo de más de 40.000 habitantes al que algunos tienen cariño. No tiene cine ni librerías. El centro cultural se llama Infanta Elena.

Hoy me he dedicado a dar paseos por aquí intentando arrancar a las antipáticas calles un poco de nostalgia.

De los cuatro a los catorce años supongo que pasaron muchas cosas. Recuerdo haber entrado en una nave abandonada con Rafa y Juan Madrid. Encontramos un colchón y le prendimos fuego. Tiramos a las llamas algunas latas de desodorante o de laca que había por ahí y salimos corriendo. En la calle escuchamos una gran explosión. Las calles del pueblo tenían cierto misterio, porque estaban divididas por bandas imaginarias: temíamos a los gitanos y éramos hostiles con los chicos de otros colegios. Los de las Monjas, como mi vecino Mariano, eran los mocosverdes, y se arracimaban por la plaza de San Pedro. Los del Sanje eran amenazantes, poblaban los huertos y tiraban limones a quien se acercase. Los del Samaniego nos ganaban al fútbol, y eran expertos saltando vallas.

Fuera de los muros del colegio Nuestra Señora de la Salud, la vida se dividía en tres partes: la mayor parte estaba copada por mi afición a dibujar cómics. Desde los 5 años me encerré en mi cuarto para dibujar largos cómics en la parte de atrás de las fotocopias de los apuntes de mi padre y creo que estuve así hasta los 13 o 14. Otra parte del tiempo discurría en los solares. Los solares eran nuestros parques: servían para guerra de limones y de piedras, para rebuscar entre los escombros y para hablar con temor de los gitanos mirando hacia los pisos donde vivían, al otro lado de las vías. Quería volver a los solares pero ahora hay en su lugar bloques de edificios.

Encontrar calles y edificios donde había espacios abiertos es muy raro: no sólo no está el terreno del recuerdo, sino que además hay una parte de la ciudad totalmente desconocida. La sensación se parece a esos sueños en los que estás en casa de tu abuela y de pronto caminas por una oficina.

La tercera parte del tiempo discurría en el videoclub Manila. Pero sobre el videoclub Manila quiero escribir mañana.

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