Lo que hay dentro de nosotros está sometido al clima y al ánimo lo barren vendavales y lo inundan aguaceros. En Sevilla todo estaba marchando muy bien. De hecho anoche conocí una peña flamenca y tuve la suerte de escuchar la guitarra de Juan Torres, un advenedizo con manos virtuosas, tocando una malagueña alucinante. Mara Rey, la cantaora, llegó a arrancarse por Rocío Jurado y Bambino en un cuadro de lo más heterodoxo. Heterodoxo era el sitio: encima de un videoclub donde venden libros viejos y reliquias en vinilo (discos de Juan Marchena, de Manolo Escobar, de Farina) está la peña. Es el barrio de Triana y el hombre que anuncia a los músicos se parece a Miliki pero tiene el duende corriendo por las venas.

-En Triana siempre hay duendes. Cruzas el puente y no eres el mismo, -dice al auditorio, mezcla de curiosos y miembros de la peña, que mirarán muy serios el espectáculo (alguno con lágrimas brillando a la luz de las bombillas alógenas)

La estancia estaba abarrotada de objetos de lo más peregrino: desde una lámpara de bronce en forma de ángel a una colección de viejos sintetizadores Hammond y pianos pegados a la larga pared. El médico que nos dio el soplo de este sitio estaba con nosotros bebiendo Manzanilla. Le pregunto qué hay que hacer para ser miembro del club y me responde:

-Yo mismo pregunté a un hombre que cortaba las entradas hace algún tiempo. Frecuentábamos mucho este sitio, aquí siempre hay flamenco bueno, no como en los tablaos. El tipo parecía un personaje de El Nombre de la Rosa, un chepudo deforme y con mirada de zombi. ¿Qué hay que hacer para ser socio?, le pregunté. Y me respondió: Tú vienes, y nosotros te miramos. No hubo más explicaciones. Mi amigo el médico siguió yendo, y algunos ojos severos se posaban sobre él. Nadie le ofreció entrar en la peña.

La cosa iba muy bien y la música sonaba llenándolo todo y rebosándolo, salpicando los cuadros de la virgen del Rocío y de la Macarena, el óleo de colores propios del LSD donde se ve a Cristo llorar sangre rodeado de caballos fosforescentes, y sin embargo había un eco extraño. Una reverberación que siguió conmigo cuando nos acercamos a otro bar, acabado el cante, para charlar entre amigos. Y reíamos, claro, y conversábamos rescatando las anécdotas del viaje a Doñana del día anterior, donde vi un ciervo que tosía y me escrutaba a dos metros de distancia, y el encuentro con otro amigo médico que escribe cuentos y se parece a Chéjov con pulmonía, y el eco seguía.

Hoy he regresado a casa, a Murcia, con mis padres. El eco va tomando forma. Ahí afuera la calle está muy tranquila. Si no pasan coches, si no chilla un murciélago ni tropieza ningún borracho, ¿a qué este eco?

La amenaza es jodidamente lenta, pero algo malo va a pasar.

Son los días sombríos. A veces el eco se va sin más, como cuando en el avión desatascas los oídos con un bostezo redentor.

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