La rebeldía… la rebeldía es respetable cuando simboliza una exigencia justa, y despreciable cuando simboliza una queja.

Quería escribir sobre la rebeldía. La rebeldía hoy día es tan apestosa como el clasismo en el siglo XIX, como el elitismo del XVIII. La rebeldía hoy día es el comodín del público y me da ganas de vomitar. Voy a empezar diciendo que he leído hace muy poco Ejército enemigo de Alberto Olmos, los ensayos de Maquiavelo, la República de Platón, he visto de nuevo Dog Ville de Lars Von Trier, he visto Tropa de Élite y Soñadores y vi representada hace meses la obra El enemigo del pueblo de Ibsen. Y voy a añadir que hace unos meses tuve que soportar cómo gente que respeto y quiero apoyaba el 15-M.

De todo este engrudo, naturalmente no podía salir nada tibio.

Ayer me leí El refugio de la memoria de Tony Judt, liberal socialdemócrata, autor de Posguerra, un ensayo candidato al premio Pullitzer sobre los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial.

Voy preparándote el estómago, señora, para que luego digas que soy un vehemente y que hablo por hablar.

La rebeldía. Cuenta Tony Judt, socialdemócrata, liberal etc etc etc, que estuvo en el Mayo del 68 francés. Fue a Francia a participar en aquello que todos los puretas de chaqueta de pana definen como la última gran rebeldía europea, mirando por encima del hombro este 15-M tan pueblerino y virtual que han protagonizado jóvenes estudiantes con iPod (cito a Olmos) de toda Europa y parte de occidente.

Tiene en común con el mayo francés que describe Judt la espalda a las verdaderas revoluciones de su tiempo. En aquel momento, reflexiona Judt, los jóvenes salían a quemar contenedores en París y tomaban la Sorbona gritando Ho Chi Minh y tratando de derribar la V República de De Gaulle mientras en Checoslovaquia una verdadera revolución lanzaba a otros jóvenes contra las balas soviéticas. Una Europa acomodada de hijos del Baby Boom que había escuchado cantar a los Beatles clamaban pidiendo para sí lo que otros jóvenes sordos de autoritarismo querían destruir: el socialismo, el estado sobre el individuo, la mutilación de la libertad individual en pro de un quimérico bien colectivo.

Reflexiona Judt, y me gusta mucho leer esto, que aquella época dorada de la rebeldía europea había olvidado a sus vecinos centroeuropeos. Que la Utopía fracasaba al otro lado del telón de acero al mismo tiempo que sucedían estas míticas manifestaciones que han inspirado las de aquí. Dice Judt: “Si nos hubiéramos preocupado un poco más por el destino de las ideas que manipulábamos con tanta palabrería, quizás habríamos prestado más atención a las acciones y a las opiniones de quienes se habían criado bajo la sombra de lo que estábamos pidiendo.”

Yo, me perdonará usted, señora, no había caído. Estudié las revoluciones de terciopelo y las primaveras de Praga por separado, en libros del Este, en viejas novelas oxidadas por el efecto del aislamiento, pero no caí, señora, discúlpeme, en que la época dorada de la rebeldía sacudía Europa al mismo tiempo. Y que por tanto los jóvenes (burgueses) europeos (revolucionarios) de este lado (estudiantes) estaban dando la espalda a los otros jóvenes (comunistas) del otro lado (estudiantes) gritando en las calles.

Ahora pienso en la rebeldía actual.

Más que un futuro digno, lo que nos han quitado a los de nuestra generación, a los coetáneos míos que salen a manifestarse y a mí es un motivo para ser puretas en el futuro. Todas las generaciones necesitan contar sus batallitas en el futuro. Como hacen todos los puretas de hoy sobre las hazañas callejeras de ayer. Como hacían los héroes de la Guerra Civil con sus hijos y los vecinos de sus hijos. El hombre precisa de este elemento de rebeldía pasada. Necesita decir: nosotros Sí que vivimos algo intenso.

Somos la primera generación que estará peor que sus padres y con esto hay que hacer algo. Trabajar duro. Cambiar el país. Transformar la sociedad política. Es cierto.

Pero la rebeldía que veo tiene poco que ver con el trabajo. Tiene más que ver, y vuelvo a citar a Judt, con ese maldito Mayo del 68: “era divertido rebelarse”. “Era estimulante”. “Fue emocionante.” Creo que la rebeldía es, en nuestros días, muy contraria al cambio social. Se parece más a una fiesta sobre la que contaréis hazañas dentro de veinte años. Y naturalmente serán los que trabajan a fondo los que salven el culo a vuestros hijos.

Hoy he escrito en Facebook: “El peor defecto de los que están extendidos y son habituales no es la estupidez ni la maldad, una tan constante y otra tan traicionera. El peor es el victimismo: la gente que no mide sus quejas, la gente quejica y llorona es la menos constructiva, la más irritante del mundo.”

Y mi conclusión encabeza este post.

Anuncios