Uno de mis vicios favoritos es el cansancio. Estar cansado. Somos jóvenes, no hay motivo para cansarse tanto, y yo estoy ahora terriblemente cansado y sé que seguiré cansado parte de la semana. Iré arrastrando los brazos y cuando empiece a leer tumbado se me cerrarán los ojos. Pero no dormiré, no, porque así somos los fanáticos del cansacio: insomnes, prolongamos el agotamiento hasta que empieza a evaporarse y subimos al sueño inconscientes.

El cansancio, qué infravalorado está con lo que me gusta. Estar cansado te permite no hacer nada, te da carta blanca para matar horas y para no quedar con nadie. Te permite tumbarte en el sofá sin sentimiento de culpa y encender la televisión para flotar apaciblemente en el zapping. El cansancio es lo que tengo en común con los aristócratas decadentes, con los trabajadores que llegan reventados de la fábrica, con los marineros de Pequod y los astronautas del Enterprice. ¡Y qué cansado está John McCane cuando mata a todos los alemanes y puede besar a su mujer! ¡Y qué cansado estaba Tolstói casi siempre!

El cansancio es como un hilo que enhebra en la comodidad a todo tipo de personas. No entiendo que la gente descanse con prisa, hay que erosionarlo con toda la calma del mundo, como el tapiz de Penélope.

A descansar se aprende. Hay que aprender a descansar.

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