Quedan treinta días para que mi primera novela publicada aparezca en las librerías y yo desaparezca un poco. Tengo esa sensación. Ha sido una semana muy interesante y llena de escándalos que veo bastante estériles ahora que el ruido se ha apagado. Es muy rápida la muerte del ruido en internet. Apareces en los varios periódicos y blogs donde se te ensalza e insulta, a ti que todavía no eres nadie,  donde se hace un caso exagerado a lo que dices (que no es más que lo que dices) y compruebas cómo al día siguiente de la kermesse todo lo que queda es un eco en buscadores. Tu nombre lanza muchos más resultados que antes. Estás igual de transparente. Estás igual de aburrido. Eres el único que busca esas tres palabras en Google.
Pero dentro de un mes habrá palabras que hablen por mí lo suficiente como para que yo tenga que callarme un poco. Serán palabras escritas durante seis meses que son más o menos ciento ochenta días y por primera vez no tendré derecho a corrección. Uno se acomoda a los tempos de internet y la publicación de una novela parece un nacimiento nuevo. Parirte en otra parte. Brotar del útero de una industria. Estar con los que has leído y los que vas a leer, con todos los que no vas a leer, convertirte en quien han leído y van a leer, en uno de todos los que no van a leer.
Quedan 30 días para que sea demasiado tarde.
Quiero dejar alguna constancia del paso por estos últimos treinta días. Nunca había hecho uno de estos diarios ingenuos, había dejado el solipsismo para los intentos de novela y las novelas y los relatos y los intentos de relatos y las charlas y los frecuentísimos intentos de charlas. Había dejado la ingenuidad de la confesión para las pajas y para las novias. Me da la sensación de que si no lo hago ahora no voy a poder hacerlo, y además tengo muy desatendido mi diario de papel desde hace un mes. Quiero usar estos treinta días para despedirme de la indedición, para dar la bienvenida a la imprudencia. Desde la perplejidad.

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