La lluvia riega los libros y hoy ha caído tal tormenta sobre Barcelona que he leído más de la cuenta. Ahora sigue lloviendo y yo tengo la cabeza como un corcho. Ha caído con la lluvia Luz de noviembre, por la tarde, que Eduardo Laporte me regaló en Madrid el día de la presentación de Mi madre es un pez. Lo había empezado y lo dejé (porque el trabajo poda los libros) y hoy me he dado el gusto de acabármelo. Es un libro hermosísimo porque Laporte consigue hacer de lo autorreferencial un ejercicio humilde, y además está repleto de observaciones muy sensibles y certeras. Mañana debería escribir un poco sobre el libro.

Luego he empezado Anatomía de la influencia, que Harold Bloom ha escrito a los ochenta años y me ha vencido tanta complejidad. El trabajo de los críticos es increíble. Me refiero a los críticos de verdad y no a los que decimos si nos ha gustado o no un libro y por qué. A nosotros habría que llamarnos reseñistas o lectores con ganas hablar de libros igual que a otros hay que llamarlos macarras y a otros hay que llamarlos críticos. El crítico Harold Bloom, el crítico de verdad es un enfermo crónico. No sé cuál es la enfermedad mental que te pone a escribir historias, muchas veces me pregunto qué me está pasando cuando paso semanas enteras intentando averiguar cómo se siente un personaje y por qué y dejando que el lector hipotético me acompañe, pero sé mucho menos qué le ocurre y qué pretende un crítico como Bloom.

En sus manos, la literatura es un universo tan complejo como el que se dedica a hacer girar esferas de gas (ahora iba a escribir “y carbón” y he pensado en escribir gas a la carbonara. Estoy imaginándome un universo paralelo donde las estrellas están compuestas de gas a la carbonara y flotan describiendo órbitas unos pedazos de bacon empapuzados en nata) (un universo paralento). Para Harold Bloom todo lo que escriben los escritores va muy en serio. Entiendo que veamos a Shakespeare como un Dios y a Walt Withman como un profeta danzando a las órdenes de la batuta del Creador, pero me cuesta muchísimo imaginar así a los contemporáneos y mucho menos a mí mismo.

Aquí el problema lo tiene Bloom o lo tenemos todos. Pero un problema hay, como mínimo.

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